martes, 30 de junio de 2009

Horario de verano.


Ayer me propuse empezar a hacer, a partir de hoy, horario de verano. No es nada del otro mundo, sólo empezar a las 8 de la mañana, como cada día, y terminar a las 7 de la tarde. A esas horas aún es de día, hay sol en lo alto y en La Laguna empieza a refrescar lo justo como para dar un paseo por la cuadricula que dibuja su casco histórico. Preferiría ser funcionario (incluso judicial) para terminar de trabajar a las 3 y desayunar opíparamente dos veces durante la mañana, pero me tengo que conformar con intentar terminar a eso de las 7 y con sólo una hora por medio para el almuerzo.

Esta mañana leía en La Opinión una especie de reportaje llamado "El contrapoder se cuence en los bufetes" en el que se loan a una serie de abogados que ejercen lo que el periodista de turno llama el "contrapoder". Resulta que ahora pretender sacar una fiesta del centro de una ciudad, intentar cerrar locales nocturnos, defender unas algas en el fondo del mar, pretender que no se tiren casas ilegales en primera línea de playa o intentar cerrar locales nocturnos es un ejercicio antisistema, de ataque al poder establecido.

Por su puesto, desconoce el periodista que nadie hace gratis las cosas y que todos, todos, pagan un precio para ser protagonistas de la noticia. Unos tienen intereses políticos, otros económicos. Hasta por un presunto ataque de cuernos se está resolviendo un litigio de campanillas en Santa Cruz. Los demás, lo que vamos a los juzgados, los que aguantamos la impertinencia de unos, la impericia de los otros, los que nos partimos la cara dia a día, esos no somos ni contrapoder, ni somo nada.

Poder y contrapoder. Si esta boca hablara sobre lo que han visto estos ojitos. Igual algún día saco a pasear algún pliego de condiciones de concursos que se conocían antes de que fuesen publicados para asegurar una concesión administrativa, o algún contrato a dedo en corporaciones públicas a determinado familiar. Mejor me estoy calladito.

Mientras estos abogados estrella, mediocres servidores de la justicia si no fuera por los focos que les alumbran, pasean sus trajes negros y sus Mercedes, mi recién estrenado horario de verano se me ha ido al carajo a las primeras de cambio: hoy he cerrado el chiringuito cuando las campanas de la Iglesia de La Concepción, que ya no daba sombra a mi despacho, anunciaban las 9 de la noche.