martes, 22 de mayo de 2007

Sopor

El diccionario de la RAE define el término sopor como "adormecimiento, somnolencia" y como "modorra morbosa persistente". Ni que decir tiene que me quedo con la última de las definiciones. Cuando esta mañana me levanté, la primera pregunta del día fue "¿pero no nos acabamos de acostar?", lo cual es francamente significativo de lo corta que se me ha hecho una noche que empezó a las 11 en punto y que acabó a mis odiadas 06:15 horas de cada día. A pesar de haber dormido como un lirón careto (esa gran especie, de las pocas que recordamos de "El hombre y la tierra"), la sensación de adormecimiento me ha perseguido durante todo el día. Probablemente se vió incrementado después de casi 3 horas de soporífero juicio con dos (presuntas)primeras espadas del derecho laboral tinerfeño que, para qué engañarnos, han sido dos auténticos primeros tostonazos. De hecho, el aburrimeinto ha sido tal que hasta he bajado la guardia y he recibido algún que otro gancho dialéctico. Eso si, ni me he inmutado: estaba en la sala pensando en mis cosas; el juicio (como casi siempre) me la trae al fresco.

Después de llegar a ese invernadero almeriense en el que comparto espacio físico con dos compañeros más cerca de las 2 de la tarde he tenido que esperar casi otros 40 minutos para comer. El glamour profesional se convierte en cafetería de menú barato. La conversación de nuestra acompañante, como siempre absolutamente intranscedente, me ha puesto de nuevo las pilas en pensamientos lejanos a aquella mesa. Prefiero desconectarme del mundo antes que escuchar el soniquete de un grajo. Resultado, más somnolencia.

15:15 horas. El sofá de la sala de espera del despacho no es tan cómodo como parece. Es un tres plazas de aspecto mullido, de color mayoritariamente marrón y con estampado hortera que dibuja caballos, copas y diplomas ganadores. Los altillos de la parte baja, que casi rozan al suelo, están conveniente (y antiestéticamente) cosidos con grapas plateadas que no se disimulan cuando se encienden las luces. Allí, con los cascos puestos en las orejas y una pierna sobre los cojines, reposé durante algunos minutos hasta que el compañero de turno llegó para joderme el tímido descanso que iniciaba. Como no me interesaban sus diatribas corté por lo sano y no me quité los cascos. Yo a lo mío. Mensaje captado. Adiós.

"El Ejido", o zona donde se encuentra ubicado mi habitáculo laboral (no confundir con espacio vital, ni siquiera con despacho en clásica concepción de la palabra), ha estado toda la tarde a 29ºC. Las máquinas de aire acondicionado son de todo menos silencioso, así que preferimos morirnos de calor a que se nos revienten las últimas neuronas sanas por el ruido. A mi izquierda oigo resoplar, mientras crujen multitud de folios. A mi derecha se escucha como suena el click del ratón que busca en la pantalla de todo menos temas jurídicos. Sopor y más sopor. Modorra morbosa persistente. Que alguien me despierte.